¿Qué es una fotografía? Hay quien la ve como una gota de mercurio, un
sueño claro y límpido; para otros puede ser un mensaje del
subconsciente, un garabato que será descifrado no se sabe cuándo ...
dentro de muchos años, quizá.
"Es un monólogo que intenta hacerse
coloquio, una oferta, una coartada, un saludo. Nos puede acometer o
acariciar, puede expresar amor o ultraje, dar testimonio de credo
político, profundizar nuestro concepto de la vida y de la muerte.
Si
está demasiado inundada de luz, nos deslumbra; si se oculta demasiado
en la sobra, nos confunde. Dice el poeta (Stanley Kunitz, N. d. A): 'En
lo más profundo del alma sé que vivo y muero. Al mismo tiempo. Mi misión
es transmitir este diálogo. Son palabras de Eva Rubinstein, gran
fotógrafa que no quiere llamarse siquiera "fotógrafa" ("soy una persona
que hace fotografías") y que se niega vehementemente a que se le aplique
la palabra "artista".
Eva Rubinstein es, ante todo,
ese algo simple y complejo que es una criatura humana. Es mujer en el
sentido más completo de la palabra: hija, esposa, compañera, madre.
Humana
al cien por ciento, pero dotada al mismo tiempo de una sensibilidad
superior al nivel humano ordinario; y también del don de expresada. Y lo
ha demostrado de múltiples modos.
Antes de dedicarse a la
fotografía, en efecto,
Eva Rubinstein siguió con gran
éxito dos carreras teatrales: la danza clásica y el teatro. Contaba apenas
cinco años cuando comenzó a tomar lecciones de danza en París con la
célebre Matilda Kszesinska. Continuó luego en California y demás lugares
adonde la condujo el destino. Hizo una gira por el mundo entero, incluida
Italia, donde se presentó con comedias musical como The Girl in the Pink
Tights (La muchacha del leotardo rosa) y Oklahoma. Se la aplaudió como
actriz, entre otros personajes, en el papel de Margot, hermana Anna, en
la versión teatral del Diario de Anna Frank presentada en Broadway, 195'
1956. Su actividad teatral, iniciada en Hollywood con un notable éxito
en la comedia Montmartre el año 1952, se trasladó después a varios
teatros neoyorkinos, y particularmente a los del llamado "off Broadway",
teatros situados generalmente en la zona bohemia de Greenwich Village,
caracterizados por su nivel económico más modesto, pero con niveles
artísticos a veces muy superiores a los teatros de relumbrón Broadway.

Eva
Rubinstein no da mucha importancia a estos éxitos. "Como
bailarina y como actriz -dice- hice siempre cosas creadas por otros. La
composición musical, la coreografía, el vestuario, todo estaba hecho por
otras personas, como también los textos de las comedias en que
intervenía, la dirección escénica, etc. En aquella época yo tenía
necesidad de todo eso. Estaba demasiado poco segura de mí misma, tenía
demasiado miedo a asumir la más mínima responsabilidad."
Sólo
posteriormente, con la fotografía,
Rubinstein se
sentirá con valor para "actuar por su cuenta" sin tener que apoyarse en
nadie. Pero antes de llegar a ese momento pasarán doce años de vida
dolorosa, doce años de matrimonio difícil y borrascoso, maternidad, de
separaciones. Participó también en actividades políticas, en luchas p
ideales como los derechos civiles, la abolición del hambre en el mundo,
etc. Y entre tanto, casi en secreto,
Eva Rubinstein fue
poetisa o, como ella diría, escribió y sigue escribiendo poesías.
La
infancia de Eva Rubinstein puede parecer desde fuera maravillosa, pero
en realidad estuvo llena de traumas, de miedos y de incertidumbre. Hija
de Arthur Rubinstein uno de los más grandes virtuosos del piano de todos
los tiempos, conoció los esplendores, mas también las tinieblas de una
vida vivida a la sombra de los grandes. Su madre, Nela, procedía de una
de las mejores familias católicas de Varsovia. Era hija de un gran
director de orquesta polaco, Emil Mlynarsky, con el que el joven
pianista Rubinstein había tocado el piano desde la época en que Nela
era aún una niña. Cuando se casaron, el esposo tenía 44 años y la esposa
apenas la mitad.
Eva, la primogénita, nació en Buenos
Aires durante una gira concertística de su padre, y debe su nombre a la
heroína de Los maestros cantores de Nuremberg de Wagner, que se
representaba precisamente el día de su nacimiento, 18 de agosto de 1933.
Los sufrimientos comenzaron muy pronto. Con los padres de viaje, la
niña, casi de pe¬cho todavía, quedaba a menudo en manos de
institutrices. Otras veces, cuando viajaba con ellos, era una sucesión
de lugares nuevos, desconocidos, un despertar en habita¬ciones de hotel
siempre distintas, un encontrarse entre personas extrañas, entre niños
cuya lengua desconocía, con los que no podía jugar. No iba a la escuela,
sino que le daban clase los mejores profesores en casa, como era
costumbre en los ambientes aristocráticos y ricos de Europa.
Casi
todas las fotografías de
Eva Rubinstein reflejan estas
experiencias: niños solos, rara vez sonrientes. En estas fotografías se
repite a menudo el tema de una niña que mira, apartada del parque, a un
grupo de niños que juegan.
Pero si la inestabilidad de la vida fuera
de casa pesaba sobre la niña solitaria, más difícil era aún la vida en
familia. El pianista famoso e idolatrado del público tenía necesidad de
adoración también en su casa. Arthur Rubinstein daba lo mejor de sí al
arte y poco a la familia. Fascinante y amable cuando se sentía admirado,
podía transformarse en tirano cuando alguien osaba contradecirle. Su
mujer, Nela, sufría mucho con esta situación tan difícil para los hijos
(Eva tiene dos hermanos y una hermana menor), pero oscilaba siempre
entre el amor a ellos y la devoción a su marido.
Eva,
quizá la más sensible de los cuatro, estaba tan intimidada que no tenía
valor para expresarse ni para opinar personalmente. "Por eso hablo hoy
como un torrente, sin parar -dice sonriendo-. Aún tengo miedo a que
alguien me mande callar".
Pero no todo fue negativo. La casa donde
se respiraba música y arte le infundió una profunda pasión por la
música, y las visitas a los museos en casi todas las capitales del mundo
sentaron las bases para lo que sería su vocación fotográfica.
Eva
Rubinstein admite, en efecto, que debe mucho a la influencia
de los grandes pintores, y de modo particular a Jan Vermeer, por la
serena calidad de sus luces, que encontramos a menudo en los interiores
fotografiados por ella. También la influencia de Andrew Wyeth y de
Edward Hopper, con su sentido de aislamiento y los cuadros de tierras
solitarias, queda reflejado en el trabajo de Rubinstein, sobre todo en
la foto Casa oscura, tomada en la isla irlandesa de Aran el año 1970.
La
luz, por otra parte, es un elemento predominante en la fotografía de
Eva
Rubinstein. A veces entra a raudales por puertas y ventanas, a
veces se refleja en los rostros de las personas y en los objetos; en
ocasiones parece querer penetrar con fuerza, como en la foto Luz, 100
liras, donde la luz pugna por entrar a través de las rendijas del portón
de una iglesia, mientras el cartel del muro indica que para ver los
frescos hay que pagar 100 liras por un minuto de iluminación artificial.
Extrañamente, la luz que se infiltra del portón forma una cruz blanca
luminosa.
Y como, a fin de cuentas, toda fotografía es un
autorretrato, la luminosidad, sobre todo de los trabajos más recientes,
representa un elemento positivo en la vida de la autora.
No ha sido
la suya una vida fácil, como queda dicho. Tras una infancia y
adolescencia vividas en un clima donde la benevolencia alternaba a
menudo con súbitos y violentos accesos de ira,
Eva Rubinstein
se refugió en un matrimonio que tampoco sería un camino de rosas.
Contaba veintidós años cuando se casó con el reverendo William Sloane
Coffin Jr., ministro presbiteriano. Hombre de Dios, idealista, defensor
de los más oprimidos, activista en favor de los derechos del hombre,
comprometido en la lucha contra el hambre en el mundo y contra la
guerra, el reverendo Coffin era también hombre de talento, escritor,
orador, músico y deportista. ¿Qué más se podía desear? Cuando se
casaron, Coffin era un joven capellán de una escuela media para niños en
el Estado de Massachusetts; pero pronto fue promocionado a capellán de
la universidad de Yale (que, junto con Harvard, es una de las
principales de los Estados Unidos). Fueron años ricos en acontecimientos
importantes y estimulantes, años vitales, históricos. Eva compartió los
ideales de su marido y participó en diversas manifestaciones con él.
Hubo la famosa marcha sobre el Pentágono en Washington, reuniones y
asam-bleas, y
Eva conoció a personajes como Martin
Luther King, Adlai Stevenson y el presidente Kennedy. Alguna vez acabó
en la cárcel. Y sirvió en el Peace Corps, en Puerto Rico, el programa de
asistencia a los países subdesarrollados impulsado por el propio John
Kennedy.
Pero el panorama comenzó a ensombrecerse. Llegaron los
hijos. Arny, Alexander y David, los tres nacidos en el espacio de tres
años (Arny en enero y Alex en diciembre de 1958, David en 1960). Con los
niños aún muy pequeños, la madre se encontró J menudo sola durante
meses enteros, mientras su marido luchaba por alguna causa noble y
sublime lejos de ella. Y así pareció repetirse la eterna dicotomía: un
hombre dedicado a los más elevados ideales y olvidando su propia
familia; apoyo moral para todos, mas no para los suyos. Como antes el
genio musical, también el idealista amante de la humanidad, acabó por
faltar en el plano simplemente humano.
Y así, al cabo de doce años,
al borde del agotamiento nervioso,
Eva Rubinstein dejó a
su marido, dejó a los hijos y comenzó a rehacer una vida. No tenía otra
opción. Ella, que nunca había dado un paso por su cuenta, que no tuvo
una preparación profesional, salvo para el teatro, al que no esperaba
retornar, que siempre había dependido de otros, se vio abocada a un gran
vacío. ¿Cómo podía llevar consigo a los niños y mantenerlos? Dejándolos
en su ambiente, con sus compañeros, facilitándoles el modo de continuar
en los mismos colegios, optó por el mal menor, y el tiempo le daría la
razón. Los hijos crecieron sustancialmente sanos, sin excesivos
complejos, no muy diferentes de los de casi todos los jóvenes de
nuestros días. "Son unos chicos magníficos" -dice con orgullo, "estamos
muy compenetrados y ninguno de ellos parece resentirse del pasado. A
veces discutimos, pero se trata siempre de pequeñeces, no de cosas
importantes. En las cosas importantes, las que cuentan, he encontrado
siempre plena comprensión."
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| Eva Rubinstein firmando uno de sus libros |